De pronto se oscureció el cielo y la lluvia tristemente empezó a caer, golpeando el techo y resbalando por los vidrios. Las hojas de los árboles brillaban con una extraña luz que parecía salir de su interior. Las retorcidas ramas se estiraban y bailaban en respuesta a las caricias del insistente viento. Sombras y sonidos invadían el aire, el frío se posesionaba de todo cuanto encontraba. Su mano toco mi cuerpo e hizo que me estremeciera. Levanté la mirada, la luz de la pequeña lámpara de kerosene rompía la penumbra. En esa pequeña llamita se concentraba todo el calor que existía en la habitación. Cerré los ojos, y por un instante escuche el sonido del mar, que poco a poco aumentaba, haciéndose lo único audible. Sentí que podía tocarlo, la arena húmeda cedía bajo mis pies. El mar bravío y oscuro, tenebroso, resultaba imponente. Sin embargo, las olas revoltosas, como pequeñas niñas, golpeaban las rocas esculpiendo sueños, sin poder alejarse nunca de su amado, el mar.
A lo lejos, una silueta masculina parecía distraída, mirando el horizonte. Pero el clima se hizo inclemente. La niebla espesa y decidí sentarme a escuchar, escribiendo con el dedo sobre la arena. Habían grillos, ranas, las gotas golpeaban la ventana. En el techo, una gotera mojaba el papel en el cual escribía. Algo desconocido, me hizo regresar, levantarme de nuevo y continuar caminando.
Ahora era una luz lejana, tenue, la que guiaba mis pasos. Caminé por horas, el suelo se hacía cada vez más firme, la luz menos tenue. Seguí caminando, y a mi paso aparecían árboles de hojas brillantes y ramas retorcidas. Vi el contorno de una cabaña, el agua corría por los vidrios de las ventanas. En su interior, reconocí al hombre que había visto mirando el horizonte, estaba reclinado sentado escribiendo, iluminado sólo por una lámpara de kerosene. La puerta estaba abierta, entré, puse mi mano sobre su hombro y sentí como su cuerpo se estremecía.
El espacio se llenó de una luz tibia, de naturaleza casi mágica. El miedo por fin cedió. Ya no estaba mojada, el frío no calaba mis huesos. Las gotas curiosas se pegaban a los vidrios y la gotera cantaba… la lamparita de kerosene fue apagada, ya no era necesaria.
Rosalinda Laya. 27/08/2004
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